TEXTO → FERMÍN SOLANA
ILUSTRACIÓN → SEBASTIAN LAHERA

Llegué a un límite de mi imbecilidad cuando saqué el teléfono blanco ese paloma del bolsillo en el que casi no entra por exagerado seudo tablet, activé modo “cámara” y apunté a mi viejita que estaba a seis metros, deshebrada sobre su asiento de ruedas. El argumento era captar el ápice de su desgano que era ese, el tema del momento en la órbita de mi familia, el que nos llevó a una reunión grupal con su neuropsicólogo la tarde anterior.

Y ahí la tenía carcomida por la deepreesióon producto de la hemiplejia, en plena acera del barrio ajeno para nosotros que es Malvín, tan poco nuestro como el estado actual suyo: con el cuello pendiendo contra el costillar, los ojos cerrados, la mano inmóvil con dedo en garfio, la humanidad absolutamente aplastada después de una nueva sesión sin victoria en la clínica de fisiohidro. Por suerte enfoqué y me di cuenta que no tenía sentido plasmar este retrato de la desidia, cargar en otro archivo más con este abuso del Señor contra mi alma de hijo.

No había podido hacerla entrar al auto. Al menos en la posición en que lo estacioné originalmente, lo que provocó una trancadera menor y bocinazos dada la angostura de la calle. Íbamos a probar de nuevo pero con el vehículo al revés, así que abrí la puerta, metí reversa, encajé la puerta del acompañante contra su silla y me dispuse a arengarla, pero no hizo falta, justo había unos perros atrás de una reja, a cuestión de metros y el amor que siente por estos animales obró por sí solo. “Hola Thor, hola Rita”. Con voz seria y respetuosa, de circunstancia perruna.

– ¿Viste, Mario, que no nos ladran?

–Sí –contesté, ofuscado-algo-abatido

–Recién pasó un señor y a él sí le ladraron   

Pero ella los conocía bien a los ovejeros de aspecto noble del vecino de la clínica, que seguían consustanciados nuestro accionar patético desde el jardincito con los mismos ojos compasivos pero menos juiciosos que los del señor del auto enfrente, que minutos antes me ofreció una mano y lo mandé a volar, porque lo último que precisábamos era que alguien extra se apiadara.

Esto era entre nosotros en la cápsula de sangre, mi MADRE LAURA, APALEADA y su hijo Fermincito, “Mario” (nuevo alias familiar, post accidente cardiovascular de ella, el apodo vino a raíz de un chiste interno, cuando la llamo y para hacerla reír me hago pasar por “gallego”).

Veníamos en el declive, uno de los tantos en tres años de esta nueva vida post resurrección con secuelas.

Esta tarde no estaba mi padre, el protector-24 horas, al que me encontraba supliendo dado un pedido de auxilio debido a su ciática –auxilio al cual acudí a regañadientes, todo porque me cuesta interrumpir mi cadena de pulpo freelancer que me tiene a ocho conversaciones en el whatsapp por la crestita en la que me encuentro. 

Como si el percatarse de la cercanía de esta pareja de perros-testigo que hinchaban por nosotros la hubiese recargado de alguna manera, mi madre se armó de temple, flexionó las piernas como se lo indican las muchachas en la clínica y se des-postró sujetándose de la puerta plateada del VW.

Erguirse es la primera de las maniobras, seguida de un giro marchatrás de 45 grados en cámara lenta con movimientos cortos sincronizados de pies estilo agujas del reloj hasta quedar con el culo justo encima del asiento. Lo suficiente para soltarse de la puerta, dejarse caer de espalda al vacío y largar un soplo de alivio una vez auto depositada sobre el cuero (aunque todavía de costado, con las piernas hacia afuera).

Se las agarré como hace mi padre, a la altura de las pantorrillas, y como quien levanta una carretilla las metí dentro del auto en un nuevo giro, dejándola, en ese simple acto y al hacerle deslizar el posterior, correctamente sentada en el lugar del acompañante.

– ¡Vamos viejita carajo!

–Sí, muy bien, muy bien.

–Costó pero salió.

Amagó un llanto, pero no tuve la fuerza para presenciarlo. Cerré la puerta y procedí a plegar su silla, que tiré sin demasiado amor en la valija enorme del autazo paterno. 

–Clang –golpearon los fierros al amontonarse

A todo esto ella seguía mirándose a los ojos con Rita y Thor a través del vidrio, estudiándolos pero sobre todo como en acto mágico de absorción de su energía beige fosforescente, la que los perros emanan desde sus hocicos y a mí madre parece concederle de las pocas cuotas de paz en medio del calvario.    

–Divinos esos policías ¿eh?

–No les di-gas po-li-cías po-bres, Ma rio.