Hablan Por La Espalda y Juan Wauters concretaron una → sociedad que se venía gestando hace años. La prueba está acá

 TEXTO → FERMÍN SOLANA → @ferminsd

Publicado originalmente por NA en formato fanzine/plaqueta en el año 2012.

Conocí a Juan Wauters por una desatención personal. Desembarcamos de noche en el aeropuerto JFK de NY con Camila después de dos semanas circulando por la soleada Costa Oeste, en el primer viaje por Estados Unidos cuando una comprensión optimista de la naturaleza-idiosincrasia de ese país se me estaba impregnando en la carne como panceta ahumada y jalapeños en un dorito astral.

Distraído por la avalancha de emociones, inspiración y nuevas convicciones olvidé anotar en papel el teléfono y dirección de nuestro huésped en la manzana grande, mi hermano Ignacio el cocinero. Recogimos el equipaje de la cinta. Nos detuvimos. Compramos un pancho perfecto en la sección de llegadas pero no hubo tiempo de disfrutarlo al cerciorarnos de que no había conexión inalámbrica y no íbamos a dar con el dato en los alrededores de la majestuosa terminal de vuelos. Mi desliz logístico hizo estragos en la moral de la pareja. Ella no tenía un machete, pero sí el ánimo de incrustarme un corte en la médula. La salchicha no era lo suficientemente filosa.

En el vértigo de la sobredimensión que el drama toma en los contextos de las parejas, la chica me estaba culpando de arruinar la llegada a “la ciudad de sus sueños”. Un escrache más para mi ICM (Infame Currículo Matrimonial). Lágrimas. Acusaciones. El sentimiento de culpa me inflamó. Pero C tenía un comodín. Y el inútil yo debía de alguna manera someterse a salvar el pellejo gracias a su naipe, no el mío. Con lo que eso representa en el historial.

El número de su vieja amiga Vicky, compañera de andanzas de la época del liceo Varela; la “negra” se alojaba en alguna parte de la ciudad, en casa de su ex. La llamó de una cabina y gracias al cielo dio con ella que cordialmente -y sin angustia- le trasmitió la dirección del paradero de Juan donde ella estaba y donde nos podíamos quedar esa noche. Salimos casi sin hablarnos en el remise de un venezolano. Al pasarle la dirección nos advirtió que nos dirigíamos a zona roja de Bushwick, la parte latina de Brooklyn. Barrio de Rocky Balboa o Larry Clark con edificios con escaleras de emergencia, cholos de dientes plateados en pandilla de Don Gato tomando cerveza en las recepciones, cercados por ratas del tamaño de perros y latones de basura alineados sobre el pavimento.

El trecho se hizo relativamente corto, pero la amiga todavía no había llegado. La esperamos dentro del vehículo por recomendación del conductor. Gastando por culpa del gil fermin, el nopo. Vicky hizo su aparición desde las tenebrosidades de la esquina, con un bolso de mano, ropa moderna al estilo rioplatense, el pelo corto adelante y cubanas. No la conocía, pero inmediatamente fue como que sí, una persona buena, abierta, sin mayores pretensiones, de pechos grandes; se saludaron afectuosamente, nos hizo pasar al fondo del pasillo en planta baja, con todo apretado como en un conventillo y la mirada áspera de un vecino que vigiló nuestro inusual (para el barrio) desfile aparatoso cargado de valijas.

El apartamento era uno de esos que conocemos bien de los viajes de punk rock internacional. Clásicos dibujos infantiles do it yourself hechos en lápiz por el inquilino con textos uruguayos-gringos, vinilos amontonados, una colección de muñecos (desde Hulk a Bart Simpson y hasta Brian Jones), envases de cerveza, cajas de comida congelada, puntas de faso en ceniceros abarrotados. Wauters en cuestión estaba a unos 15 minutos del lugar, en un cumpleaños de bar, de un allegado. Vicky nos ofreció ir hasta ahí y tomamos un taxi. Bajamos en un establecimiento no muy distinto de alguno familiar para la muchachada en el centro de Montevideo, ahí bebia The Beets con doble e, la banda de Juan y lo que parecía ser su escena de pibes rotosamente elegantes en la línea nacimos-en-el-barrio-de-los-Ramones-y-estamos- en-2010. Mirando hacia abajo podía divisarse una gran colección de pro keds a medio ensuciar. Y a nivel de torsos y cabezas, bonitas mujercitas de cerquillo y buzo de lana. 

No quedaba un cristiano sobrio en ese tugurio. Un ojo desafinado pudo haber pensado que estábamos entre hipsters por los jeans ajustados y algún peinado vertical, pero al hilar fino se hacían perceptibles determinadas características que denotaban la distancia: estaban demasiado desaliñados para estar a la moda, escabiaban hasta guillotinarse la cabeza y hablaban a los gritos sobre música de guitarras. Nos presentó a Juan. Pletórico de encontrar un uruguayo, el simpático muchacho de diente roto y familiar aspecto de uno de mis amigos de toda la vida me interrogó de pies a cabeza. Sorprendentemente, antes de dejar Montevideo (junto a toda su familia, por la crisis), había asistido a algunos shows de Hablan por la Espalda. Los recordaba con lujo de detalles, sobre todo uno cerca del zoológico,  sin escenario. Nos tomamos una cerveza de la canilla libre en el medio del dialogo, mientras sobrio eludía su saliva que volaba desde los labios en el frenesí cervecero. Trabamos amistad inmediatamente.

Uno de los que tienen más ganas de escuchar que de hablar de sí mismos.

Pocas veces se encuentra esa comodidad de modo tan instantáneo. En menos de una hora las mujeres anunciaron la retirada y nos precipitamos hacia el frente del boliche donde José, el bajista descendiente de colombianos vomitó media acera en un chivo balsámico. No era el primero de la velada en ese sector, un encargado arrojó un baldazo de agua.

Regresamos en un nuevo taxi los cinco (Camila, Vicky, Juan, José y yo). Otro conductor hispanoparlante. “Pare por favor”. Otro vómito. Juan esta vez, la cabeza por la ventana. Había que comer algo para resarcirse, al menos los Beets que habían lanzado a chorro buena parte de su contenido estomacal.      

El achique a por provisiones se hizo en un 24 horas, atendido por un indio. Compramos cervezas Budweiser de 1.5L en envases de plástico ingasificables. Y vendía unas hamburguesas con queso recalentadas en papel aluminio que prometían poco pero resultaron una locura, quizá respaldadas por la hora y el hambre. Me llamó la atención que una hamburguesa equis pudiera ser tan carismática y creí que era al único hasta que José, que formulaba un encantador español gangoso plan Mickey mouse comentó

“hey, es rica esta hamburguesa”

El papel metalizado, el pan dulce, la hamburguesa chiclosa con gusto a salsa barbacoa, las tres capas de queso cheddar cremoso y también algo dulce y expansivo. Era para repetir. Masticamos sin hablar más, con un cassette de The Beets de fondo a modo de presentación. Había decenas de cintas, el cassette era el formato de The Beets. La banda sonaba a una versión un poco de juguete (pero en el buen sentido, que doy fe que lo hay) de Velvet Underground pero juvenil y desajustadamente centelleante con ese espíritu de Ramones y Beach Boys en las melodías cantadas al unísono y al aire por los integrantes. Y una pared de guitarras limpias bien desafinadas como si una banda indie en un rito de iniciación de grupo probara pasta base en conjunto. De la tierra de Sonic Youth, pero con un inglés bizarro, una tonada ocultamente uruguaya que yo podía divisar en el fondo del paladar del ejecutor. En las paredes, en representación de la tierra natal, había fotos de Eduardo Mateo y los Chicos Eléctricos.       

Al día siguiente nos preguntaron donde queríamos comer y como veníamos haciendo un testeo de cadenas pedimos alguna bien neoyorquina. La resolución fue White Castle.

White Castle: la primera cadena de hamburguesas del mundo, fundada en 1921. Fue además, la primera cadena en vender un millón de hamburguesas. Es hoy la más frecuentada por los afrodescendientes y latinoamericanos. El aspecto de sus locales es el de grandes baños, de azulejos blancos. Su logo parece el de una cerveza inglesa y sus hamburguesas cuentan con la peculiaridad de tener el tamaño de un canapé. Por ese motivo y dados sus bajos precios el público acostumbra comer varios de los sándwiches cada vez. Otra unicidad es la forma, atornasolada de las papas fritas y el formato cuadrado de la hamburguesa y la base del pan. Entre los lemas populares que circulan acerca del restaurant en cuestión  se encuentran los siguientes:

One who eats at White castle always regrets it ten minutes later

My farts smell like white castle

Caminamos hasta ahí en la primera visión diurna de Brooklyn, otra localidad con la que crecimos en las películas. Ahí estaban las viviendas, los grafitis, el vapor, más escaleras, camiones musicales de helado, verdulerías con los precios inscriptos sobre papel amarillo fluo, judíos errantes en kipa, ómnibus infantiles amarillos, negros encadenados volviendo del liceo, canchas de basquetbol suburbano, barbados pidiendo bagels con queso cremoso. Paramos en una tienda de ropa de segunda mano. Juan y José hacían de guías resaqueados de ojos rojos y pelo ultra graso. Intentaron explicarnos las divisiones geográficas. Atravesamos una playa de estacionamiento y nos acomodamos contra un ventanal. En White Castle comimos de una manera novedosa, como quien se ríe de lo que está comiendo. No solo por el tamaño, también motivados por la dudosa calidad del producto. Poco convencidas, Camila y Vicky dejaron lo suyo casi intacto.

En cuanto terminamos, Juan salió disparado al baño y arrojó el castillo blanco con el resto de la noche anterior. Volvió con una sonrisa oreja-oreja otra vez reluciendo la dentadura  accidentada -lo más probable que alguna noche contra un pico de botella. José tampoco se veía honorable atrás de las gafas de marco grueso y marchó al baño a proceder como su compañero. A la vuelta terminó sus últimas papas fritas estilo tuerca.

La filosofía de Wauters era una extrañeza, al menos en relación a los especímenes de mi archivo. Un montevideano crecido adolescente del estilo Parque Rodó, por situarlo en un punto geográfico específico que comprenda sus diversas áreas de influencia, rocknrollero con un pie en la escena subterránea que tiene un pie en el centro y otro en punta carretas, (créanme o no, se de lo que hablo), re criado y re generado en Jackson Heights, Queens. Había establecido un próspero intercambio con sus pares neoyorquinos: ellos le presentaron las influencias adolescentes, sus golosinas, héroes de lucha libre, comics y calzados, en contrapartida el los asesoró en el exotismo de la música uruguaya y las postales de Punta del Diablo. Ahora tenían una banda, una estética propia, buenas críticas y un grupo de gente que los seguía. Me dio la impresión que lo había impulsado todo desde la humildad con la que se manejaba.                

Los días siguientes nos re adentramos en el mundillo de The Beets. Fuimos a dos shows de la banda, el baterista tocando de pie, con las chicas bailando en las primeras filas como si fuera twist pero x 2, Raybans y un sudor generalizado. Una sensación. El uruguayo comandándolo todo desde su guitarra. Después de uno Camila quedó encandilada con una asiática en el mostrador y yo me fui para afuera a hablar con la muchachada. La cerveza había hecho su efecto generoso y me puse a hablarles de fútbol. La reacción fue de incomprensión y unas pocas risas antes de que me saltara el seudo bárbaro (al que mi hermano llama “torito”), en un contexto inusitado. 

El recorrido al final de la semana terminó con un asado-recepción en la morada de los Wauters padres, Alberto y Teresita, en Queens, con todos los hermanos más los miembros de la banda. La acogedora casa familiar tenía un jardín de luz tenue que bien podría haber estado en Villa Dolores. Sonaba Zitarrosa, cervezas en una heladerita, olor a parrilla. Y si bien era una barbacue, no de ladrillos, esa noche comimos –de la mano de Alberto- un memorable asado de tira con chorizos, morcillas y vino Tannat para sentirse en casa.

Los gringos parecían masticar en medio de una ensoñación carnívora, imaginando lo puro de Uruguay que los Wauters les habían trasmitido por medio de su forma de ser. Dignos embajadores, sin diploma. A lo largo del encuentro la madre Teresita cuidó con esmero y cariño de Camila que en determinado momento cayó tendida por un malestar producto de la ingesta de una medicación dañina. Un rato después de la sobremesa el viejo nos acompañó hasta la estación, recordando historias de su club de basquetbol, añorando su querido barrio, el truco –y whisky- en la cantina, alguna trifulca con las manos contra el rival de todas las horas en un clásico metropolitano de pelota naranja. Un abrazo.

El resto de la estadía en NYC extra The Beets abarcó:

-otra microestadía

ésta en Manhattan, residencia del cocinero y su esposa brasilera.

-Una cena gloriosa en el restaurant donde él se desempeñaba –de las mejores de mi vida (desembocó en una nota acerca de ella, que me valió obtener trabajo en una revista de gastronomía durante un año y medio)

-La compra de un buzo con capucha y una imagen de la virgen de Guadalupe en la espalda

-Adquisición de dos discos de hardcore para mi hermano

-Una cena en un restaurant japonés de aspecto tarantinesco. Ignacio pidió cuello de pescado y cerveza Sapporo para todos

-Una visita estropeada por el mal humor a la estatua de la libertad

-Otra igual al museo de artes modernas

-Una cruzada a la esquina de 53 y la 3ra, histórica para el punk rock por la letra de Ramones en la que Dee Dee, mi preferido, se prostituye y apuñala a un presunto cliente sexual

-Ida a un ex templo masónico al que fuimos bajo recomendación para ver el regreso épico de Throbbing Gristle (una banda extrema con líder transexual a la que no conocía hasta esta noche)

-Vimos de cerca un partido de beisbol de menores en un parque -de tarde

-Camila compró unos ropajes –una alfombra –topamos al actor de la nariz grande (el pianista) y al guitarrista de Anthrax

Probamos panchos de un local famoso nada del otro mundo –macaroni and cheese en una cafetería de Broadway, un sandwich vietnamita con mortadela y cilantro y otro de panza de cerdo en pan al vapor celestial (Momofuku)   

-Caminatas al ritmo de taurina de bebidas energizantes en latas grandiosas

-Nos peleamos indiscriminadamente por nimiedades

-Abrazamos

-Le propuse matrimonio en un diner de Brooklyn

Una noche estábamos mirando el 8 9 y 10 de Picos Gemelos en la matrimonial cuando sonó el teléfono cerca de la 1 de la mañana. Era Juan Wauters después de un año con voz agitada conectando desde un teléfono en skype, saliendo del estudio. “No sabes lo que es la morena que tengo enfrente en este instante”, fue lo primero que me dijo antes de saludar. Me llamaba porque había sabido que mi madre estuvo enferma y quería congraciar ya que su hermano sufrió casi que por el mismo periodo un gravísimo accidente de tránsito, lo atropelló un camión en su moto. Se le desfiguró el rostro al punto de que los ojos tuvieron que amoldarse a los nuevos pómulos.

Este infortunio lo había tenido nervioso y paranoico desde diciembre. Sus preguntas sobre el caso de mi madre fueron directas. Quería saber si podía hablar, y cómo lo hacía. Si se iba a recuperar al 100% o el tope era otro, menor a ese. Su banda estaba en un alto. En el transcurso de las circunstancias dramáticas no se sintió apoyado por sus compañeros. Bien podían ser impresiones, ocasionadas por la tristeza y la desolación, pero tengo la suerte de tener claro que las mías son las opuestas. En todo caso Juan estaba ileso. 

Intercambiamos rápido cerca de media hora sobre las ciudades, barrios, películas, la acción de las bandas, giras. A las risas como siempre. Otra vez la misma dinámica “contame contame” y festejarse las ocurrencias. El mismo léxico. Me di cuenta que llevaba puesta como piyama la remera de su banda. Se lo comenté. Desmayó de la risa. Prometió mandarme un vinilo junto con uno de sus dibujos para colgar en la pared de casa por medio de un uruguayo, la semana siguiente.

Volvimos a planificar mentalmente la utópica gira de Hablan por la espalda y The Beets por algún continente. Con la conciencia de que puede que algún día se dé, como es perfectamente posible que nunca suceda. Pero esas ilusiones nos mantienen despiertos, como la tranquilidad de saber que estamos conectados, aferrados a una clase de ilusión y compromiso ramificado, una suerte de misión abstracta –en Buenos Aires, San Pablo, Santiago, Stuttgart, Barcelona, Nueva York, con la que alguna vez soñé cuando tenía 13 o 14 años y que no se derrite. ¡Abrazo Juan!