Esta crónica alucinógena acompaña a Renzo, nexo y figura de la escena subterránea local, a experimentar la vacuna del sapo. Un trance anfibio-astral-amazónico en plena Costa de Oro. Primera parte de una saga…

 TEXTO → FERMÍN SOLANA → @ferminsd
ILUSTRACIÓN → S. LAHERA → @sebastianlahera
EDICIÓN → ROBERTO LÓPEZ BELLOSO

Publicada originalmente en Revista Quiroga (2013)

De oficio utilero-publicitario-free-lancer, Renzo (36) está como siempre, extraterrestre, con sus dreadlocks por la cintura, un tabaco en los labios, libro de Jodorowsky en mano y los ojos como dos escorpiones producto de lo que fumó antes, un porro biónico que actúa sobre el cerebro como una pastilla de Redoxón roja al ser expuesta al agua. Fssssssssssssssssss.

¿Qué preferís, un alfajor o un huevo Kinder?

Las sugerencias de Renzo van dirigidas a su hija Violeta (8), en la cocina como de verano de la casa como de campo, mientras del otro lado de la pared reviso la biblioteca del anfitrión, conformada exclusivamente por libros acerca de sustancias alteradoras de la percepción.

–Vichá tranquilo, están todos ahí, no falta ninguno –y le hago caso, enfocándome, salvo por la distracción angustiante del aroma que expiden las piedritas de la gata.

Justo a su lado, pegados a la palangana, están los libros en los que me busco concentrar. Material específico. Bill Burroughs. Timothy Leary. Castaneda. Ken Kesey. Rodolfo Tálice. Hunter Thompson. Tom Wolfe. Alex Polari. Irvine Welsh. David Pinchbeck. Albert Hofmann.    

Estamos en Montevideo, en una casa chica que queda en un jardín, al fondo de la de su suegra. Dos cactos de San Pedro (Peyote) escoltan la puerta. Venimos de buscar a la niña, un caso serio de amigable hiperquinesis, de su clase de ballet.

Lo que estamos haciendo es la primera aproximación, no en la vida, sino en aras de una crónica. En una semana lo voy a acompañar a darse la vacuna del sapo amazónico, algo que él define como una de las petites muertes a las que se somete en vida. Pero para comprender hacia qué nos dirigimos es preciso introducir al hombre-objeto-de-estudio, un experimento humano, algo único en su especie. 

Fundador y principal responsable, 20 años atrás, de algo que él denomina los Acid Test Canarios. La Paz, la localidad del departamento de Canelones, dominios semi rurales y familiares en los que este sujeto y allegados hicieron un pasaje del rock de tres acordes a la psicodelia, de la mano del descubrimiento de los vinilos (Beatles y Pink Floyd) de su padre, un “tano loco”, según la forma en que lo evoca.

–Poco tiempo después entraron los hongos en nuestra vida y agarró otro tinte la historia. Fuimos atrás de ellos vorazmente porque conocíamos las historias populares del famoso cucumelo y que se los encontraba debajo de la bosta. Así que nos mandamos para el campo como Indiana Jones…Y te puedo asegurar que al principio pasamos por feos momentos. CAGAZOS resultantes de comer hongos que no eran los apropiados.

Un día volviendo intrépidos, con unas bolsas de hongos gigantes a cuestas, de los fondos del frigorífico San Ramón, nos topamos con un pibe (que hoy está desencarnado, QEPD). Era de un cante de allá de La Paz y traía otra bolsa de arpillera con hongos, de otra zona. Miró los que teníamos y dijo “los de ustedes no pegan, los que pegan son éstos”. Abrió la bolsa y no entendíamos lo que eran ni cuál era la diferencia.

Nos invitó a comer.

El estado que agarramos fue sublime.

Al tiempo terminamos yendo con él a los bosteros. Desde entonces vamos todos los años durante las dos temporadas de “setas”,  otoño y primavera –sitúa.

Solo hace falta recorrer lo profundo del interior juvenil del departamento limítrofe con la capital para reconocer la cultura en torno al cucumelo. La ingestión de hongos no es una exclusividad de La Paz. En localidades como Santa Lucía  el culto a lo que crece debajo de los deshechos es tradición traspasada a lo largo de generaciones. Se lo menciona con respeto. Se habla en voz baja y no se le dice en primera persona. En las plazas uno puede toparse con chamanes-no-chamánicos, leyendas de la toma. Mitos de muchachada corriendo de “ratas gigantes” por la principal del pueblo.

El vegetal gravitó sobre el estilo de Renzo (percusionista) y los suyos. Pasaron de rapados a lucir melenas. De ser los jóvenes músicos mimados de los festivales “Canelones muestra” a recibir la denostación radical de parte de la “comuna” más solemne, de mate y jean celeste: el segmento Omar Gutiérrez.

–Nos invitaron como todos los años pero habían cambiado las mentes. Llegamos con togas, todos maquillados, puestos hasta la madre. Usábamos grabadores en los que registrábamos efectos súper naturales y los pasábamos en vivo. Incluso había algunos que no tocaban nada, meditaban sobre el escenario.

Los locos piraron. No nos invitaron más. Ahí arrancó la debacle.

Entonces empecé a retomar a Castaneda, a leer. El libro del médico Rodolfo Tálice, aquel viejito que fue candidato a presidente por el Partido Verde,  Hongos de Uruguay, comestibles y venenosos, es una biblia. Te dice los que pegan, los que hacen mal. De hecho él comía hongos y se escribió con la mujer de Watson, el científico ruso que fue el descubridor de los hongos sagrados en México. Si Tálice se escribió con la esposa, ¿de qué creés que iban a hablar? –pregunta.

A la carrera, Renzo y los suyos se transformaron en el eslabón perdido entre dos circuitos  capitalinos: el rock y la electrónica.

–Llevábamos hongos a las fiestas electrónicas de Milenio, circa 1998 y los repartíamos gratis. La gente de Montevideo empezó a prestar atención a lo que estaba pasando en el pueblo. “No sabes allá están re locos”, decían. En un  momento en La Paz estábamos tan on fire que pensábamos que nos habíamos convertido en un epicentro cultural. Éramos auto sustentables, teníamos los hongos, el faso plantado, hacíamos fiestas. Para mí, que venía de leer a Timothy Leary, había encontrado la vocación: “hay que hacer esto”.

–Papi ¿por qué no sacás la caca? –pregunta la niña y por dentro suplico que el progenitor se apiade de nosotros, tome la pala y proceda a despejar el área pedregosa.

(Mi problema con el olor de los gatos cuenta con un trasfondo. Desde el día que me separé armé un bolso con lo mínimo y me di a la fuga matrimonial. Llevo dos meses durmiendo con el gato de mi hermano encima. Apodado El Gris, me viene incordiando a diario, como riéndose de mi condición de evacuado, de anti-gato, de mi consternación y sentimiento de culpa. El Gris y sus piedritas son la pútrida banda de aroma de mi drama sentimental definitivo: el primer divorcio)

Renzo me llama. El té está pronto. Acudo despavorido. En el transcurso de la conversación Violeta merodea y acerca sus manualidades. Aunque no parezca, estamos reunidos para hablar de remedios.

–Todas las plantas y sustancias que ingieren los indios del Amazonas tienen un fin medicinal – sentencia.

(Sigue...la segunda parte se publicará la semana que viene)