Última parte de la crónica alucinógena que acompaña a una de las figuras del under uruguayo a darse la vacuna del sapo. Un trance anfibio-astral-amazónico en plena Costa de Oro. La pequeña muerte de Renzo

Viene de → Kambó #3

 TEXTO → FERMÍN SOLANA → @ferminsd
ILUSTRACIÓN → S. LAHERA → @sebastianlahera
EDICIÓN → ROBERTO LÓPEZ BELLOSO

Publicada originalmente en Revista Quiroga (2013)

Renzo aulló la ópera de la rana.

–Uuuapaoaoaoaoaooa, uauauauuauaoooooooooo, arggggggghhhhhhhhhhhhhhhh.

–Pumbaaa –celebró Rafa con cara de loco– ahora siento que me pegó hasta a mí.   

Pronto los pómulos comenzaron a inflamarse como si hubiesen sido sometidos a una paliza y Renzo adquirió la pinta de un guerrero de las artes marciales mixtas, derribado sobre el octógono, con la cabellera desplegada hacia atrás tipo lampazo y los ojos idos, teñidos en tinta de camarón.

–¡Tengo un calor en la cabeza! –alcanzó a manifestar, con la misma entonación que de costumbre, solo que guturalmente distorsionada.         

–Te sale humo de las orejas –exageró Nico, aunque no estaba tan lejos. Las orejas, así como el resto de la cara, estaban rojísimas, lo mismo que las manos y brazos y antebrazos.

Hombre en ebullición.

–Algo que está bueno es dejar el veneno dentro de la piel –me comentó Rafa, refiriéndose a una revancha del efecto al día siguiente, una vez en la ducha (“porque ahí se moja y empieza todo de nuevo”).

Renzo vomitaba por primera vez , sobre el gramado. El acto se repetiría unas cinco veces más. De repente, un mantra…

Es el ringtone del celular de Renzo, sonando desde su mochila, lejos de su alcance –material y cognitivo. Por contagio saqué mi teléfono del bolsillo y divisé dos mensajes de texto. Los dos de mi hermano.

“Pedile un faso a Renzo de esos ricos que fuma”.

“¿Le diste de comer al Gris?”

La alimentación del gato había pasado a ser responsabilidad mía. Desde qué momento no lo sé. Por un instante se me ocurrió que mi hermano me estaba re entrenando en el cariño. Y que no iba a detenerse hasta que su mascota y yo fuéramos amigos.

–¿Qué se siente? –preguntó Nico, que seguía los movimientos de Renzo de parado, sin quitar la mirada ni por un instante.

–¿No viste como se está hinchando?  Es veneno. La rana lo usa como defensa cuando la trata de comer algún depredador. Si estos puntitos te dejan así, figurate como quedás si te comes la rana  –dio a entender el papá. En la selva, la naturaleza había diseñado su propia versión de la bala de perdigón.

–Si tus defensas matan esto, después son capaces de matar cualquier cosa –siguió.

Cada vez que Renzo se incorporaba, tenía que volver a correr la cabeza hacia su derecha y drenar por la boca. El líquido seguía siendo verdoso y de a poco su tez adquiría el mismo tinte. Verde rana. Tan solo le restaba croar. Rafa se le acercó y le ofreció agua. Dio unos sorbos. Siguieron unos tosidos, una serie de lamentos. Y de nuevo….   

–Tiene toda la barba vomitada –corroboró el chico.

–Ta, ta, dejalo que lo vamos a enloquecer –propuso el vacunador.

El hijo le preguntó si él también se lo pensaba hacer.

–Ahora no, pero en cualquier momento –fue la respuesta.

–¿Pero te la podés dar vos mismo? –se inquietó.

–Es muy difícil porque a la tercera ya te empezás a retorcer. Es un rato de agonía, porque el corazón empieza a agitarse pum, pum, pum y uno mismo va notando como se va hinchando –gesticula, agitando el puño desde debajo de la camiseta a la altura del pecho.

Ver a Renzo en ese estado de –momentáneo– deterioro era como presenciar la caída de un titán. Es que más allá de sus constantes ingestas de sustancias, el de La Paz es uno de esos que rara vez pierden la compostura. Destellos de desfiguración en el rostro, pero jamás el knock out. Y esta era una caída a la que él mismo se había expuesto, con el fin de resurgir desde ese punto.

Las famosas pequeñas muertes. 

No pude evitar sentir angustia y un dejo de la claustrofobia interior que me agobiaba desde la separación. Una leve crisis de pánico, contagiada por la vivencia cercana. Noches antes una película –género, drama– me había compungido de la misma manera. Previamente el causante había sido un tema de Dylan. O el viento constante ahí en el Barrio Sur. Un domingo de noche. Vivo, pero en la encrucijada.     

Le otorgamos unos minutos de soledad absoluta. Rafa fue a buscar algo al interior de la casa, Nico pateó una pelota hacia la otra punta del jardín y corrió detrás. Volví a fijarme en mis mensajes de texto. Otra vez mi hermano, esta vuelta en alusión a mí “no” respecto si había alimentado al Gris (“Fa no seas malo, no come desde ayer”). Eran las casi las seis de la tarde.

Tenuemente los sollozos provenientes de la silla de playa empezaron a amainar. Habían transcurrido unos doce minutos desde la administración. Renzo volvía a tener color de Renzo. La cara se deshinchaba a buen ritmo y ahora parecía estar sentado más que derribado. Nico jugaba al frontón contra la pared a la vuelta de donde estábamos. Rafa volvió de la casa y se arrimó al inmunizado.

–Ya estás…–comprobó, como dándolo de alta.

El melenudo buscaba algo en el bolsillo. Un anillo. Probó de colocárselo y el accesorio calzó justo. Una sonrisa le colmó el rostro. Era la prueba de que había recuperado sus dimensiones habituales. Tomó un poco más de agua y se mantuvo en silencio. Contrariamente a lo exhibido minutos antes, ahora su presencia manaba serenidad.

–Awwww –suspiró, entre desperezándose, apuntando hacia el cielo con los brazos. El bienestar post inducción acerca del cual había leído en internet. Prendió un cigarro y lo fumó como si fuera el último de su vida. Una fumada digna de la época en que existían comerciales de nicotina.

–¡Muchacho! –atinó a exclamar en medio de las pitadas. Nico volvió a mirar. Rafa se babeaba al sondear la consumación de su obra.

Se hacía fácil comprender que esta sensación, sucesiva al trance, y que desde afuera se percibía cuasi orgásmica, era (en conjunto con la mentada acción terapéutica), uno de los fines perseguidos al recibir la vacuna del sapo. Por lo menos por Renzo.

Era la primera de tres sesiones. La tercera y última requeriría de nueve dosis en lugar de siete, tal como indica la metodología.

Renzo se puso de pie. Una escena digna de Mickey Rourke en El Luchador, de Darren Aronofsky. Siguió un –sentido– abrazo con el chamán. La despedida del niño, que quedó pegándole de chanfle al esférico contra la pared. Los pájaros continuaban su canto. Rafa nos abrió el portón (“un gusto, eh”) y el chalet quedó atrás. Volvimos a la ruta callados.     

El ómnibus trasladaba unos pocos trabajadores de auriculares y bolsito. Nos ubicamos al fondo, sobre los asientos de cuero marrón.

–Estuvo intenso, eh –le di pie.   

–Ufff, esos veinte minutos en que la nave se descontrola, se descontrola bastante, quedás con los sentidos alterados, ¡danger! –reflexionó. Daba para percibirlo. Parecía como si su mirada todavía estuviera focalizada en algún otro plano. Probablemente invertida hacia dentro.

–Después que te la das quedás muy consciente de tu cuerpo. Atento a los procesos físicos, sensible –describió.

Eso y un remanente de paranoia.

–Sentís un poco de chucho de que no te haya quedado nada extraño, de que no te vendrá nada al toque. Estás con lo que yo llamo síndrome del hombre araña… Quedás super alerta –dijo.

Eso y hambre. Hambre del ayuno de un sobreviviente. 

–Me comería un caballo –advirtió. 

Y le creí. La ocasión merecía una de esas engullidas bestiales que siguen a los grandes esfuerzos: milanesa en dos panes con papas fritas, tres muzzarelas y un fainá. O un brasero completo.

Hablamos de comida. No pude evitar pensar en El Gris, famélico a esta altura, emprendiendo actos de vandalismo a lo largo y ancho de todo el apartamento de mi hermano. Tuve un leve indicio de preocupación. (Una semana más tarde lo acaricié por primera vez, como uno de los primeros actos de la reivindicación de mi ternura). 

Ya estaba oscuro. El tráfico espeso. Renzo se bajó a una cuadra de su casa, en medio de un diálogo telefónico con su hermana, la misma que había estado llamando durante el procedimiento.

–Baaarbaro –replicó al “¿cómo te fue?”. Ella estaba considerando darse la vacuna.    

Nos despedimos con afecto y lo vi irse hecho un mutante de mochila por el pasto de la acera. Veinte minutos más tarde hice lo propio en la terminal próxima al puerto. Avancé hacia lo de mi hermano pensando en el ayahuasca, comprendiéndola como la entidad de una dimensión superior, que avala y propicia. Pensando que es en ella en la que de alguna manera se sustentan estas otras prácticas como la del kambó. Le hice una última pregunta, a Renzo, por mensaje de texto: “¿La pequeña muerte del campito es como esta?”

Y su respuesta: “Noo, en el ayahuasca cuando te morís, te morís”.

(Apagado como estaba, ni por la más remota de las chances se me habría cruzado por la cabeza, esa noche, mientras El Gris me arañaba las manos, desesperado por sus pastillas alimenticias, que cuatro meses más tarde me iba a “morir” al fumar DMT, el componente psicoactivo del ayahuasca, en Chile, inducido por una mujer de la que me enamoré brutalmente. Ni de que para ese entonces iba a llevar un gato gris fumando pipa tatuado en mí brazo. Y que a mi regreso se lo iba a contar por teléfono a Renzo, quien me lanzaría una de sus aprobatorias carcajadas de gorila.

–JAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA).