Sigue la crónica alucinógena que acompaña a una de las figuras del under uruguayo a darse la vacuna del sapo. Tercera parte de un trance anfibio-astral-amazónico en plena Costa de Oro. Llegamos al procedimiento mismo

Viene de → Kambó #2

 TEXTO → FERMÍN SOLANA → @ferminsd
ILUSTRACIÓN → S. LAHERA → @sebastianlahera
EDICIÓN → ROBERTO LÓPEZ BELLOSO

Publicada originalmente en Revista Quiroga (2013)

 

“El kambó es un espíritu muy fuerte
saca las dolencias,
saca el cansancio,
el kambó defiende de todos los enemigos”
Lema tradicional de los indios katukinos

 

 

 Acordamos reunirnos en la terminal de Río Branco, un lunes a primera hora de la tarde, para tomar un interdepartamental camino a la casa del famoso Rafa. Él tenía la tableta con la medicación que dejó Ze Goncalves.    

A pesar del nombre “sapo”, kambó es en realidad una rana de árbol (Phyllomedusa bicolor) muy común en la Amazonia. A modo de protección segrega desde su lomo, en circunstancias de riesgo, un veneno que la defiende contra los peligros de la selva. Desde hace siglos los indígenas, tanto del lado brasileño como del peruano, se encargan de extraerle esa sustancia, a la que atribuyen beneficios para la salud, igual que en el terreno espiritual.     

–Muchos indios se la dan para cambiar la pisada. Aparte de que te hace bien, se la dan para agudizar los sentidos, por ejemplo, si el tipo no está cazando bien, si no está llegando comida a la casa. Yo creo que está asociado con lo que es la vida en la selva, pensá que son gente que sale a cazar cuando está cayendo el sol, se meten en un posto cerca de la caída de agua que es donde se agolpan los animales y se quedan ahí con la cerbatana o el arco y flecha por horas, prestos, sin hacer un ruido. Me lo imagino yo ahí al tipo con los ganchos así (dilata las pupilas), quieto, puestito jaja –fantasea Renzo arriba del Copsa.

La pócima, desparramada desde Acre hacia los centros urbanos de todo Brasil, tuvo sus quince minutos de fama mundial por el 2006, debido a un artículo del New York Times. Por aquel entonces, y de acuerdo a lo esgrimido en la nota, los indios katukinos, del oeste de la Amazonia, reclamaban al gobierno brasileño que se hiciera cargo de la difusión de los beneficios de la vacuna del sapo (y repartiera con ellos los ingresos que reportara, amparándose en el Protocolo de Cartagena).

Se basaban en el negativo antecedente del Jararaca, una víbora cuyo veneno fue utilizado desde 1975 por un laboratorio para elaborar una droga para controlar la presión arterial, que en 1991 llegó a reportarle más de un billón y medio de dólares a la firma.

Al parecer, las investigaciones llevadas a cabo por el Ministerio de Medio Ambiente norteño sobre la sustancia claudicaron pronto y la cuestión permanece, hasta el día de hoy, en un limbo. En el plano legal, su uso en ese país se encuentra prohibido. Por el “principio de precaución” la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria determinó que no se pueda publicitar o vender como producto medicinal. Algunas de las múltiples notas que pueden encontrarse en internet sobre el tema hacen mención a determinados insucesos (la muerte de un empresario en San Pablo, en 2008), que especialistas en chamanismo atribuyen desde sus blogs a una sobre-diseminación.

El clima afuera del ómnibus está resplandeciente. Primavera en su máxima expresión. Un día celeste con efervescencia natural, perfecto para salir de la ciudad…A un asado, una playa o, en el caso de Renzo, a recibir la vacuna del kambó de la mano de su amigo y compadre en estas lides.

–El Rafa es uno de esos casos que te contaba de amigos que crucé del campito a las fiestas, así como hubo otros que cruzaron al revés…Cruces de cruces  –define, mirando hacia afuera, denotando algo de tensión, dejando entrever que el día en que uno se expone a esta sustancia no es un día cualquiera. Que implica respeto. 

Descendimos por la puerta de atrás, en una parada del kilómetro tal de Gianatassio y caminamos dos cuadras en el sentido de la costa (“de Oro”), fumando cigarrillos, hasta la propiedad de Rafa, taxista de profesión, “fardado” por antonomasia. Su hijo, Nico, de unos 10 años, fue quien nos abrió el portón de madera y nos recibió en la entrada. Vestía una camiseta de Nacional, short de baño y chancletas. Caminaba en ese estilo chueco y cansino, de penal errado, influenciado por los jugadores de fútbol.

Saludó a Renzo con gesto de niño avispado (“lo llamo al viejo”), sin extrañarse de recibir un extraterrestre de rastas y ojos orientales, o un tatuado a lo marinero, con un grabador en la mano. Se comportó como “al tanto” de los aconteceres algo extraños que se desarrollan en el entorno de la casa. Uno de esos gurises a los que da la sensación de que no se los puede engañar. Que pueden doblegarte tanto en un duelo de cualquier disciplina de Playstation –o en 200 seguidos– así como en una discusión equis sobre política, televisión o los más recientes acontecimientos de “actualidad”.    

Nos introducimos en el jardín de la casa y nos apostamos a la sombra. El de Rafa es un chalet  grande y rectangular, de un piso (también escoltado por macetas con San Pedros), rodeado de un espacio arbolado y al fondo una barbacoa con mesa de madera. El ruido de pájaros cantando proporcionaba la banda sonora mientras Renzo empezaba a mostrarse bastante inquieto.

Rafa brotó desde la cocina con una sonrisa traviesa y tranquilizadora a la vez. Es un tipo bajito y en línea, promediando los 30, de tez bien blanca y pelo negro corto, de corte “normal”. Lleva una camiseta verde de la selección mexicana de fútbol y un jogging azul de los que hacen bulto en la genitalia aunque el órgano no sea, necesariamente, prominente. Primero no logré situarlo al volante de un taxi, al rato sí. Nos presentaron. Después vino el saludo entre ellos, intercambiado con complicidad.                 

–¿Tomaste agua? ¿O no tomaste un carajo? –le preguntó a su paciente ocasional desde su forma de hablar gangosa (radial-humorística), muy montevideana; del barrio de La Comercial, arriesgaría.

Una de las premisas a tener en cuenta por Renzo (a esta altura pareciendo un sujeto desconocido para el cronista, dado su grado de nerviosismo), era llevar a cabo un ayuno de alimentos y la ingesta de una considerable cantidad de agua. Mínimo 4 litros. Su cara dejó traslucir que no había cumplido con la indicación.

–Acá te traigo, ¿no tomaste mucha, verdad? –volvió a interrogar Rafa.

Un “pecadito” alimenticio había interferido en el propósito de Renzo.

–Tomé algo. Iba a tomar bastante, pero ¿qué pasó?, mi madre hizo empanadas de carne. Y me comí como diez y me tomé unos vasos de agua para poder…ahogarlas. Igual metí doce horitas de ayuno desde ahí –confesó.

–¿Fritas o al horno? –me entrometí.

–Fritas.

(Yo había almorzado al horno, huérfanas, insípidas, de rotisería lumpen; de parado en el balcón; protegiéndolas con el codo de la insistencia del Gris por acceder a la bandejita. Una deglución más que una comida, solo un obstáculo menos en la carrera por superar –ileso– al tiempo macizo).

De golpe en mi imaginario el aspecto burbujeante de la masa de las empanadas de la madre, hirviendo en aceite amarillo en una cocina antigua de La Paz, hizo vía crucis entre los rayos de sol a tono que se filtraban por las ramas del sauce bajo el cual reposábamos. Me atacó el calor nervioso previo al verano y tuve una perspectiva radiológica del interior de Renzo: la cueva de su hígado en estado sulfúrico atosigada de carne y huevo duro, evocando la sartén, conciliando con el humo del cigarro arremolinado en los pulmones, el sistema arterial en guardia –sin saberlo– y el cerebro ansioso cuestionándose acerca de una nueva “pequeña muerte” por venir.

Y todos los pensamientos, partiendo de la Madre. 

–Anoche la vieja me decía “¿ya vas a arrancar otra vez a darte esas cosas?” –comenta, a las carcajadas, asociando a su progenitora, de alguna forma, a la oficialidad del evento.

–¿Ya te la diste una vez, no? –se cercioró Rafa, hoy maestro de ceremonias.

–Dos, una con el Celso y otra con Antonio –cambia la tonalidad, al nombrar al último.

–¡Faaa! ¡Esa!

–Esa me calzó en la pata. 

–Sí, a mí me dejó raro hasta el día siguiente –rememoró Rafa.

No fue la única mención a otros practicantes. La temática de la “escena” y sus personajes se haría constante a lo largo de la previa.

–¿Y a aquél lo has visto?

–Es que no ha ido más por allá.

–El que dicen que anda dando la vacuna es el Loro.

–¿No había arrancado pa’ la selva?

–Sí, por eso, volvió –remarca.

De a poco la acción empieza a transcurrir sobre una mesita playera, de acero inoxidable, donde el chamán de turno deposita la bandeja con la botella de agua y el vaso, y pronto hace lo propio con el kit del inyectable amazónico alojado en un nécessaire. Hasta ahí arrimamos nuestras sillas. Renzo bebe. Los comentarios de ambos acerca de los efectos de la vacuna se tornan, cuanto menos, desconcertantes. Por momentos se refieren a la misma como a una medicina, por otros parece que hablaran, netamente, de droga.

Lo que viene dentro del botiquín consta, primero y antes que nada, de una paleta de madera de unos veinticinco centímetros, similar en su formato a uno de esos apoya-inciensos. La madera está, supuestamente, embadurnada por completo del veneno de la rana (entre blanquecino y trasparente). El instrumental lo completan una tijera, una navaja, un palito, servilletas de papel.     

–¿Y esooooo? –asomó repentinamente la cabeza Nico por detrás de los hombros de su padre, intrigadísimo, escaneando todo lo que había desparramado y comprendiendo que algo iba a pasar con Renzo, quien empezaba a remangarse la camiseta hasta el hombro.      

Justo Rafa comenzaba a calentar, con un encendedor, la punta del palito, en realidad una ramita de una planta del propio jardín, que ahora hacía las veces de bisturí láser prehistórico.

–Con esto le voy a hacer unas perforaciones en la piel –advirtió.

El paciente se predisponía,  ahora con cara de goce. El niño quedó estupefacto y en silenció siguió con atención el procedimiento:

Una quemadura con la punta de brasa, solo unos milímetros para efectuar el primer puntito. Dos. Tres. Hasta llegar a siete. Uno encima del otro, en línea vertical como una constelación epidérmica. El quemado ni se inmutó.

–¿Te duele mucho?  –preguntó Rafa.

–No, he hecho cosas peores.

–¿Eso es agua común? –se intrigó Nico, ya un testigo preferencial de lo diferente que ocurría esa tarde en el fondo de su casa.

–Y sí, ¿qué querés que sea, agua de lluvia? –respondió Rafa, sin omitir un  sarcasmo cariñoso y paternal. Lo médico conectaba con lo didáctico y ya no habría vuelta atrás, Nico estaba ahí para quedarse. La vacuna del sapo se trasmitía, apta para todo público, como un bricolaje indio. 

–¿Y ese palo también es un palo? –consulta Nico, señalando la paleta con el veneno.

–No, esto tiene la vacuna del sapo. Un moco de una rana del Amazonas. Los indios agarran la rana de las patas, la joroban un rato, le meten un palo en la nariz, le sacan esto y lo frotan en el palo. Después se cristaliza y sirve para hacer esto que estoy haciendo yo –sitúa el padre, a medida que con un alicate rasca la madera y saca pequeñas bolitas de consistencia gomosa, como si verdaderamente fuesen mocos de pegamento. 

–Ahora es tu papá el que va a jorobar un rato a su amigo –contextualiza Renzo, mientras que la cara del botija, a todo esto, es un poema. Pero más de escepticismo, que de desagrado.    

–Ah, ¿después me lo podés hacer a mí? –se atreve, como si jugara al Gran Químico…

–Sí, sí, apenas termine vas a decir “papá, yo quiero, quiero quedar así como Renzo”, vas a ver –volvió a ironizar el padre, concentrado en las “municiones”, presentándolas sobre un platito, mueca mediante.

–¿Pero, duele cuando te los ponen? –averiguó el pibe.

–No, no duele. En el alma te duele –vaticinó el hombre de La Paz.

A nadie parecía resultarle inconveniente, o fastidiosa, la presencia del niño. Por lo contrario,  amenizaba una circunstancia que, quizá sin él, se hubiera desarrollado en silencio y envuelta en un halo de tensión. Cuando preguntó para qué servía la vacuna, Rafa le habló de las defensas, de realzar el sistema inmunológico. Se refirió a la batalla contra los resfríos, las infecciones, la gripe.

–Los indios se encajan a full, tienen una colección de estos en el brazo, les cayó mal la comida y se dan uno –refirió el a-punto-de-ser-vacunado. Había llegado la hora.   

Con mano firme y usando la punta de una navaja como una cuchara, Rafa lo inoculó por primera vez.

–Aaaaaahhhhh, ya se siente, es automático  –notificó el de rastas, con cara de orgasmo en estado de alerta. Los ojos se le encendieron en un switch hacia el universo del árbol de donde procede lo que recibió. Rafa lo miró de reojo y se ocupó de preparar la segunda aplicación. 

–¿Le puedo poner yo? –se entusiasmó Nico, seguido de risas de todos los presentes.

–¡¡¡UUUUOOOOOOOOOOO!!!

Como una sirena selvática, el rugido de Renzo trepó vertical surcando la atmósfera playera canaria. Flanqueó las ramas y le hizo viento a una golondrina, que, con calidad, esquivó el aullido-tifón y prosiguió su vuelo, sin inmutarse por lo que ocurría allá abajo.     

El muchachito, testigo preferencial, arrimó la cara a los hoyos en la piel del vacunado. Miró el brazo, miró el otro (el ileso) y abrió los ojos bien grades. Iban por el cuarto punto.

–Te está quedando el brazo como una morcilla –observó el niño, provocando que Renzo se mirase la extremidad. 

–Bien, vos dale un aliento nomás Nico –desaprobó el comentario Rafa.   

–Ah bueno, tampoco puede ser la gran cosa… –se ofendió.

–No, tranqui, ahora cuando terminemos te doy para que chupes el palito –sugirió el inoculador, en tono desafiante. 

–JAJAJAAAAAAAoooo .

Renzo ya estaba poseído. Su carcajada parecía proceder de otra esfera. Nico quedó en micro shock. No es todos los días que se está ante un trance anfibio-astral de la jungla. Rafa aprobó en silencio y prosiguió con el resto de la administración.

Desde mi perspectiva, cruzada a la de Nico, no lo había percibido, pero al levantarme y mirar desde el otro ángulo, noté que el brazo estaba hinchado casi en un tercio más de su tamaño. Los pajaritos seguían cantando. Séptima dosis. Ya nadie hablaba. El curandero reposó su instrumento sobre la mesa.

–Uuuooh  –repitió Renzo, esta vez en volumen abatido.

–Tengo que salir del sol, ahora –clamó. Tres rayos se filtraban por entre las ramas dándole en la cabeza.

–Vamos a arrimar la silla para acá, vení, parate  –propuso Rafa. Renzo se paró como un anciano, sin estirar las piernas y se desplazó como pudo hasta el sitio donde su amigo apoyó la silla, junto a un arbusto, en una zona completamente sombreada. El veneno empezaba a desparramarse por las corrientes interiores. 

–Ay, se me durmió el brazo todo –dijo.

El responsable aprobó con una mueca. Su hijo se mantenía en un inusitado silencio, mirando, de pie, la mutación.

–Cualquier cosa pegá el grito que te los saco –indicó Rafa. Las bolitas del kambó seguían en las concavidades, irradiando.

–Cuanto más tiempo dentro, más efecto –me explicó. Los gritos llegaron, pero no pedían sacar nada. Eran solo gritos. Expresión de una catarsis íntima. Una que iba estallando a medida que el flujo cargaba la sustancia a través de las distintas estaciones.

Renzo aulló la ópera de la rana.

–Uuuapaoaoaoaoaooa, uauauauuauaoooooooooo, arggggggghhhhhhhhhhhhhhhh.

(Sigue...la 4ta. y última parte se publicará la semana que viene)