Sigue la crónica alucinógena que acompaña a una de las figuras del under uruguayo a darse la vacuna del sapo. Segunda parte de un trance anfibio-astral-amazónico en plena Costa de Oro

Viene de → Kambó #1

 

 TEXTO → FERMÍN SOLANA → @ferminsd
ILUSTRACIÓN → S. LAHERA → @sebastianlahera
EDICIÓN → ROBERTO LÓPEZ BELLOSO

Publicada originalmente en Revista Quiroga (2013)

Renzo es, hace ya casi una década, parte de la iglesia del Santo Daime, un culto amazónico con filial uruguaya cuyas ceremonias se suceden en torno a la toma de ayahuasca. A  razón de dos veces por mes asiste (en ocasiones con su mujer e hija, ya bautizada en la poción) a los encuentros que se realizan en un lugar que él denomina “el campito”, a unos tantos kilómetros de Montevideo, sobre la costa.

La ayahuasca es el nombre con el que se conoce a una serie de bebidas elaboradas a partir de la decocción de una liana (Banisteriopsis caapi), un purgante que al hervirse con otras plantas tiene poderes alucinógenos, y de acuerdo con muchos de sus adeptos, propiedades conectoras con los distritos sagrados.    

– A lo primero me encontré con Rafael, que me hizo unas preguntas. Ya lo vas a conocer porque es el que me va a dar la vacuna (del sapo). Es de los primeros de acá, y eso que es chico, solo un año mayor que yo. Me dijo “tal día, en tal lugar”. Me llevó mi esposa. No conocíamos los alrededores. Llovía como loco. Sobre el culto solo sabíamos que no usaban rojo ni negro, que eran cristianos. Ella me decía que la lluvia era una señal para que no fuera y yo que era una señal de que va a estar tan increíble que se va a caer el techo a pedazos. “Si se entran a sacar la ropa salgo rajando”, le decía para distender. Paramos en la puerta del lugar, un campito, precisamente.

Una casita re hippie.

Había uno afinando un tambor.

Nos pusimos a hablar de tambores.

Tenía miedo de que no se llevara a cabo por la lluvia. Me dijo que se hacía igual aunque fuéramos dos. Todo el panorama me hacía acordar a Castaneda a morir: había tres mujeres, de tres generaciones: una veterana, otra de 30 y pico y una niña. La niña me mira a los ojos y me dice “¿quién sos? ¿qué hacés acá? ¿qué venís a buscar?”.

La guacha con tres preguntas me voló el pensamiento.

Me explotó el coco ese día. Sentí mi casa. Yo estaba lejos de la religión,  del cristianismo, me sentía culturalmente peleado con la idea de Dios. Pero esto me calzó como anillo al dedo. Tuve un viaje pivot en mi vida. Por lo general soy bastante tendiente a la negatividad y a ver el lado oscuro, un tipo bastante entreverado. Ese viaje me reconectó con que está bueno estar bien. Me amigó con mi lado más optimista. Me hizo muy bien. Ni que hablar que pasás por un montón de auto perdones y procesos para quedar bien con vos. Te tenés que amigar con cosas. Sentía que había encontrado la pólvora. Terminó y no me iba, me quedé hasta las seis de la mañana preguntando. ¿Esto de dónde es? ¿Cómo llega? – me cuenta, casi sin respirar. 

A partir de entonces estableció un nuevo enlace, esta vez entre los del “campito” y los de las fiestas electrónicas. Llevó a su mujer que experimentó una revelación de la misma índole. A su hermana. A algunos de los muchachos de La Paz.

Me siguió indicando las conexiones mientras caminamos hasta el living de la casa de su suegra para conocer el kit de batería infantil de Violeta (“toca Ac/Dc”). No pasa por la Dimeltriptamina, sustancia de base del Ayahuasca (o Daime), la agenda de nuestro encuentro (en su iglesia desconfían sobremanera de periodistas narrando crónicas de la toma, desde cierto artículo en el que el escriba, tras asistir al “campito”, describió haberse encontrado con el Diablo y hasta haber pedido un arma para auto eliminarse en un ataque de pánico).   

– Quedamos un poco reticentes a las notas después de lo de aquel tipo, que evidentemente se encontró con sus propios demonios y no dejó bien parado al Daime en su historia – me explicó.

Se hace sencillo establecer, al dialogar con él, que así como encontró una fuente espiritual en el Daime, de algún modo ésta se tornó complementaria con las de otra liturgia, las fiestas electrónicas en casas (vinculada a otras sustancias, la contracara futurista en relación al primitivismo indígena del ayahuasca).

– Yo tiro estos puentes con la otra dimensión, si no jamás podría tolerar la vida en la ciudad – asegura.     

Pero así como el Daime comprende un plantel (los “fardados”), abarca otras prácticas y ritos curativos, no solo en el plano mental-espiritual, también en lo fisiológico. Enviados  descienden en forma permanente a Uruguay desde Mapiá, la “comunidade daimista” original, un pueblo en medio de la selva (en las costas del Río de Oro) fundado por el profeta de la doctrina, el Padrino Sebastián.   

Así llegó en primer lugar Zé Goncalves, “uno de los mejores cocineros de Daime del mundo”, de acuerdo al elocuente Renzo. Y tengo que hacer un alto para definir “elocuente”, porque cuando este muchacho se propone describir lo hace ayudándose de cualquier expresión que tenga a mano, extrayendo de un cerebro que desde el exterior se vislumbra como un pino de navidad. En lugar de chirimbolos, del cerebro le cuelga un tendedero infinito de extractos de frases de películas (serie A y B), ideas cruzadas de un libro a otro, pegues, despegues, fiestas luminosas y atrofiadas, canciones con letra y otras solo de trance instrumental, rituales al borde de un acantilado, un viaje tipo luna de miel a México para probar peyote en el desierto, dichos de Violeta, dibujos animados, recuerdos contradictorios del padre fallecido, empanadas de la madre, el trabajo “artesanal” con las manos, pensamientos acumulados de sus héroes literarios, lunfardo de droga, de calle, de La Paz, amigos escapando de la Fundación Manantiales, la vida en su barrio actual, la psicodelia, ketamina, las veces al borde de sucumbir a la internación, comics, un período de camillero en una ambulancia (robando morfina), curaciones, profetas. Achina los ojos, de golpe los expande, aspira humo, enciende venas rojas desde el iris, baja un cambio, se pone místico, gira el cuello 180° como en El exorcista para contestarle a su hija. En cierto modo un personaje muy años 90.  Con cabeza de jungla. Y por ende… atemporal.   

– Papá ¿me podés ayudar a buscar arena para meter acá? –muestra un balde.

– No ahora no puedo, papá está contestando unas preguntas –se excusa.

Zé Goncalves no solo trajo el Daime sino que abrió una filial de su iglesia. También trajo el kambó. 

– Al tiempo de que yo había empezado a ir cayó con el sapo. Nos habló acerca de los beneficios. Con Rafa nos prendimos de toque: Yo quiero. Yo quiero. Imaginate, nos lo aplicó sin haber siquiera leído nada en internet. Sin tener la menor idea de a lo que nos estábamos  exponiendo. Ya vas a ver… – promete.

Esa tarde mi anfitrión no llegó a quitar la mierda de las piedritas. Junto a la niña me acompañaron hasta una parada de ómnibus próxima a su casa. Al llegar, una hora más tarde, al apartamento del Centro, me esperaba El Gris, hambriento, frotándose contra mis piernas. Le serví las pastillitas en el tupper de Crufi sin limpiarle antes su cagódromo. Cerré la puerta y allá quedó El Gris masticando en su reinado. Sentí maldad por esta acción. Ninguna rareza sino el estado constante a causa de la separación. Autoflagelándome. 

Se lo comuniqué a mi hermano cuando llegó: el gato me estaba sacando de quicio con sus olores y sus apariciones nocturnas para saltar sobre mi cabeza. Viviendo en una sala, sin puerta, era rehén del felino y de mi martirio.

– Parece que me agarró para la joda –le dije.

– Tranquilo, es divino El Gris, no te la agarres con él – me contestó.

Sentí angustia y voluntad de asesinar. Salí al balcón y me prendí un tabaco. Arremetían vientos huracanados.      

(Sigue...la 3ra. parte se publicará la semana que viene)