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Fede Alvarez por Pedro Luque

Crónica de una serie de asados con el director Fede Álvarez, desde la intimidad de la mini troupe de cineastas uruguayos radicados en Los Angeles.

Impresiones de la vida en Hollywood antes de No Respires entre guiones erráticos, el sistema estelar, Uruguay a la lejanía y búsqueda de la carne fibrosa, tras detonar la taquilla norteamericana por primera vez (con Evil Dead en aquel entonces)

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“Voy a hacer una entraña, a la que acá le llaman skirt steak, es el corte más parecido al vacío nuestro. Después de buscar y buscar fue el corte más fibroso que encontramos y no tan esponjoso, como otras cosas que se comen acá”, avisa Fede Álvarez, cuchillo de asador en mano, junto a su barbacoa estilo medio tanque de última generación en el porche de su casa, en Los Feliz, Hollywood.

Transcurre un domingo de calor violento en un barrio histórico por haber dado lugar a dos sucesos antagónicos para la meca del cine: el nacimiento de Mickey Mouse (fue ahí que Walt Disney dibujó al ratón por primera vez, en el garaje de la casa de su tío) y los macabros asesinatos perpetrados por el Clan Manson de 1969, que se llevaron la vida, -entre otros-, de Sharon Tate, la mujer del director Roman Polanski.

Estamos a una cuadra y media del eterno Sunset Boulevard, en una zona tranquila y arbolada, de fincas construidas al estilo colonial mexicano, sobre una cuesta moderada que va pronunciando su relieve en dirección al icónico cartel de Hollywood, visible, a tan solo unos kilómetros de allí. El director se encuentra a cargo de la parrilla, mientras su mujer, Emiliana (González), prepara las ensaladas, una de zanahoria rallada y otra de quinoa, en la luminosa cocina de la casa a la Punta Gorda, decorada en el estilo Ikea.

Además de los anfitriones se hace presente buena parte de los integrantes de la micro colonia de cineastas uruguayos establecidos en la ciudad californiana. Está Pedro Luque, director de fotografía, recién llegado de Nueva Orleans, tras filmar Dermaphoria, su primer largometraje en la industria estadounidense; su mujer Jessie Young, realizadora de video-arte (y su hija Juana, de un año); el VJ Uzi Sabah con su pareja Amalia Branaa (diseñadora gráfica), más Rodo Sayagués, amigo de la infancia de Álvarez y co-guionista de sus películas.

 

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Rock, carne y vino
Se habla de música, no de cine. Mientras le da unas secas a unos cogollos, el dueño de casa busca un video en su I-Phone. “¿No escucharon ese tema de los Strokes que es igual a uno de Maná?”, pregunta. No se puede acordar el nombre de ninguno de los dos, hasta que finalmente da con el video que compara One way Trigger con Muelle de San Blas. Lo pone fuerte, desde el celular. Definitivamente, la canción de los neoyorquinos, parece una versión acelerada de la de los mexicanos, y da lugar a bizarras suspicacias. A todo esto, Sayagués, que lleva una camiseta de Nirvana, guitarra criolla en mano, intenta recordar los acordes de una canción de Eduardo Mateo. “Nunca le había dado bola (a Mateo), pero la verdad que estos días me tiene loco”, comenta. Prueba varias veces, hasta que da con la melodía de De Nosotros Dos y Luque entona arriba.

No es casualidad que la reunión gire en torno a canciones. Luque fue, hasta su partida, guitarrista de la banda de rock pesado Santacruz, Sabah filmó videoclips de Elefante y Astroboy, entre otros y Álvarez y Sayagués se conocieron como integrantes de una banda de covers. “Teníamos 12 años y formamos una banda de heavy metal, de guachos. Se llamaba Phantom, tocábamos covers de Metallica, sacados al detalle, con cada arreglo”, cuenta Sayagués. “¿Vos que tocabas?”, le pregunto a su compadre. “Yo era el bajista, hasta que me echaron para poner a Francisco Fattoruso”.

Las achuras son “casi” las mismas que en un asado montevideano, con sutiles diferencias, propias del mercado. Los chorizos, por ejemplo, tienen un toque agridulce y más especiado. La tablita, con el chacinado picado junto al pan a la usanza oriental circula de mano en mano. Después sale el Provolone, italiano, que en Estados Unidos no se consigue cortado gordo, sino feteado, como si fuese queso danbo. El método de cocción-uruguayización consiste en unir varias fetas y cocinarlas sobre una plancha.

Sigue la música. Las vueltas de la vida llevaron a que el dúo director-guionista vieran, recientemente, a la banda que versionaban, como invitados a un show VIP en un auditorio para 300 personas. Me lo cuenta Luque, entre sorbos de cerveza y les pregunto al respecto. “Fue una demencia, como verlos en una Zavala Muniz ponele”, comenta con cara de niño, Sayagués, como quien no cae de su asombro. El rock parece tener esa magia, como el fútbol, que retrotrae a los hombres a la adolescencia. Prueba es que a los autores de una de las películas más taquilleras del año se les ilumina la cara cuando hablan de sus viejos ídolos. Álvarez cuenta una anécdota del día del estreno de Evil Dead: “Estaba comiendo, en el bar del cine, minutos antes de la proyección y de repente me dicen:

‘disculpá, ¿tenés un minuto?

está Slash que quiere conocerte, pero no quiere molestarte’

casi me atoro con la hamburguesa…

El loco que estaba en los posters de mi cuarto ¡pidiendo para conocerme!”      

Cuando la entraña está pronta, pasamos al comedor, todos en torno a una mesa rectangular cerca de un poster de Volver al Futuro. Luque y Sabah discuten, ensimismados, asuntos técnicos un videoclip de Santacruz que están decididos a filmar en conjunto, con tomas callejeras de la ciudad. Alguien descorcha una botella de un Cabernet Sauvignon de la bodega de Francis Ford Coppola; la carne está en el punto justo (un clásico “nadie habla eh”, larga la dueña de casa, su esposo, en la cabecera luce orgulloso, el aplauso de rigor no se hace esperar). Después de varias porciones, el helado de vainilla, y antes de partir en paseo dominical, quedamos un rato conversando con Álvarez, que se excusa de la excursión por tener que quedarse escribiendo.

 

¿En qué estás trabajando?
Hay una película que estamos escribiendo con Rodo. Precisamos pegar un primer gran tirón en el borrador, darle duro. Es una película de ciencia ficción que le vendimos a MRC (Media Rights Capital), la productora que hizo Elysium, la última de Pete Duncan, y Ted, aquella del osito que habla. Es un estudio independiente grande, llevado por gente que es muy crack. Se asociaron con nosotros para hacer esta película, queremos entregarles antes de fin de año.

 

¿De qué se trata?
El guión es una idea original nuestra, pero no te puedo contar mucho al respecto porque el estudio es el que se encarga de manejar la información que tiene que ver con eso. Hasta que ellos no decidan anunciar al mundo de que se trata la película, no podemos hablar.

 

¿Esta es su próxima película?
No, de hecho hay dos películas que tienen pinta de que puedan ser la siguiente. Ojalá las dos tengan chances de hacerse, aunque capaz no pinta ninguna…Hollywood es así, nunca se sabe. Uno tiene que desarrollar varios proyectos al mismo tiempo. Tenemos estos y por lo menos tres películas más que empezamos a sacar adelante. Hay que tener por lo menos cinco películas en veremos…

 

Te quejabas hace un rato, de los guiones que has estado leyendo…
Por suerte venimos saliendo de una película que fue un éxito e hizo un montón de guita, a la que le fue bien de crítica y de taquilla, que es lo mejor que te puede pasar en la industria. Así que estamos en una re buena posición para elegir. Nos llega de lo mejorcito que hay en la vuelta, pero la realidad es que los guiones no están buenos. Uno tiene en su imaginario esa idea de que los estudios hacen películas malas porque lo prefieren, y que tienen los guiones buenos adentro de un cajón.  Eso no es así, ni en pedo. La realidad es que es muy difícil hacer buenas películas. Las geniales, las que revolucionan el cine, salen muy cada tanto. Las que marcan un antes y un después en un género, es algo que pasa rara vez. El trabajo de un director es encontrar los diamantes en bruto. Ubicar dentro de un guión malo, una idea potencialmente buena, decir “acá hay algo bueno, pero debería contarse de otra manera, el encare debería ser éste”. El guión perfecto no te llega, ese ya lo está haciendo (Steven) Spielberg.

 

La industria
En las conversaciones de Los Feliz, se había mencionado a otro director uruguayo ejerciendo en Los Angeles, un tal Juan Feldman, al parecer “gran personaje, un kamikaze”, cuyo primer largo, The Librarian, un drama, fue seleccionado para la reciente edición del festival de Sundance. Durante la semana había sufrido un brutal accidente de moto en una de las concurridas autopistas de la ciudad. Como consecuencia, dos los dos dedos mayores de su mano izquierda se habían desprendido de su mano, y vueltos a su lugar gracias a una –exitosa- cirugía de emergencia. Días más tarde todos los presentes fuimos invitados a un asado en su moderna casa, a diez cuadras de la playa, en zona residencial del famoso balneario Venice Beach, cuna de The Doors, entre otros hitos modernos.

Feldman, de unos 40 años, resultó definitivamente, un personaje, y agasajaba esa tardecita “en celebración de estar vivo”. Flaco, de aspecto surfista, uruguayísimo (pero al mismo tiempo, híper californiano, expresándose en simpático spanglish), el hiperkinético anfitrión preparaba, disciplinado, cortes y achuras de todo tipo, morcillas y mollejas de origen argentino, incluidos, en un parrillero de leña, por él diseñado especialmente para su barbacoa.

Superconcentrado en la tarea culinaria, pinza y pala en mano, no parecía verse frenado en lo más mínimo la venda que inmovilizaba sus dedos (“me dijeron que iban a quedar andando bien,  hope so, man”).  “Juan es una de esas personas que nunca dejó que Uruguay lo inhibiera bajo ningún aspecto. Cuando se estaba filmando el Curro Jiménez en Montevideo él tenía 18 años y se metió a prepo en la producción diciendo que sabía hacer algo que de hecho no sabía, así fue enganchando hasta que un laburo lo trajo para acá, donde acaba de filmar su primera película, escrita por él”, me contaría más tarde Sayagués.

Preocupado por el estado físico del asador, Sabah se prestó en condición de asistente, cortando la bestial cantidad de comida que iba saliendo de las brasas. Sayagués se tiró en una hamaca paraguaya, en la suya, las mujeres fumaron un cigarro en el jardín y Luque y Álvarez se enfrascaron en una charla con el único “gringo” de la velada, un elegante veterano, oriundo de Chicago, director de una prestigiosa escuela de guión.

De reojo fui testigo de lo impresionado que quedó el hombre, cuando llegaron a la parte de la conversación en que quiso saber a qué se dedicaba Álvarez, y éste le dijo que, entre otras cosas, era el creador del corto Ataque de Pánico. “¡Woowww! ¿Es verdad que lo hicieron con 500 dólares?”, inquirió. “Bueno, de hecho fue con menos”, respondió el compatriota, en prolijo inglés americano, dejando deslumbrado al académico.

Al mismo tiempo Feldman llevaba a cabo el mismo ritual de pegar las fetas de provolone y manifestaba su inquietud laboral del momento, casi como un adicto clamando por droga: “I need a script fast, ¿alguien tiene un guión?”, repetía como un loco. Más tarde, ya de sobremesa, le pregunté a Álvarez acerca de las repercusiones de Hollywood en su vida, post Evil Dead, remake de una película que alguna vez alquiló, siendo adolescente, en el videoclub del club Bohemios.

 

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¿Qué cosas te impactaron positivamente de Hollywood?
Ya hace casi cuatro años que estamos acá y la verdad que nuestra perspectiva ha cambiado mucho. Vinimos con una visión muy inocente, muy idealista en plan “queremos cambiar el mundo con las películas, asegurarnos que estas hagan una diferencia”. Nosotros venimos de un lugar en el mundo donde el arte se hace a pura pasión y huevo. Al que hace arte en Uruguay le tiene que ir la vida en el mismo, porque no es un negocio, no va a hacer mucha plata con eso. Pero acá nos dimos cuenta de que acá sí es un negocio. Mucha gente de la que acá trabaja lo hace como si estuviera haciéndolo en la industria automovilística. Te encontrás con productores que hacen películas y no saben nada de cine, ni les interesa el arte.

 

¿Y lo bueno?
Que así como están esos locos, también hay gente que quiere hacer cosas relevantes, que desafían tu creatividad. En Uruguay uno siempre siente que está limitado y que la bocha no se te puede ir a la mierda por eso mismo; tu creatividad está restringida para adaptarse a la realidad. Yo viví toda la vida con eso, se me ocurrían cosas y decía “¿cómo carajo voy a hacer esto?”. Acá es totalmente lo contrario, lo que te imagines lo podés realizar. Nada es demasiado grande para que Hollywood diga “pah, no hay manera”. Si vos estás trabajando con el estudio correcto y el presupuesto correcto vas a poder hacer lo que quieras. Entonces es un verdadero desafío a la imaginación. Acá te dicen todo el tiempo “sí, pero eso ya lo escuché, ¡contame algo que no haya escuchado nunca!”.

 

¿Hay momentos en que la presión te juega en contra?
Para nosotros hay un antes y un después de haber hecho Evil Dead. Antes todo era a ciegas, todo era un misterio. Yo sentía que tenía una responsabilidad muy grande, respecto a mis amigos, a mi familia en Uruguay, por toda la expectativa que se generó con Ataque de Pánico. Decía, “no puede haber salido en todos lados que iba a hacer una película en Hollywood y después no hacer nada y encontrarme con un amigo por el centro y que me diga ‘¿pero vos no estabas en Hollywood?’” No hubiera podido vivir el resto de mi vida con eso. Tenía que salir algo bueno, pero sobre todo tenía que salir. Terminamos metiendo una película que fue número uno en la taquilla de Estados Unidos, algo que a la mayoría no le pasa nunca. Ahora quizá cuesta entenderlo, pero creeme que había muchas chances de que nunca hiciéramos una película, que la efervescencia de Ataque de Pánico decayera.

 

¿Cómo fue la adaptación a lidiar con los peso pesado de la industria?
A veces tenía más presión y era más difícil salirte con la tuya creativamente en la industria publicitaria uruguaya que en Hollywood. Y estamos hablando de una industria superchiquita, con muy poca guita; y nunca me dio las libertades creativas que me dio ésta. Los miedos eran mucho mayores, por un comercial de US$ 10.000 de presupuesto. En ese sentido esto ha sido un paraíso, los directores tienen mucho más libertad. Ojo, todo depende del presupuesto. Yo justo trabajé en un presupuesto de menos de US$20.000.000 que es el ideal para los directores, ya que es donde tenés más libertad. Ya cuando el presupuesto sube, la cosa cambia. Ahí empiezan a haber muchas opiniones. El tema es tener claro lo que querés hacer y tener los huevos para imponer claramente tu visión de la película.

 

¿Has tenido la oportunidad, acá, de conocer a alguien a quien realmente respetás en lo que hacés?
Sí, hay encuentros que realmente se sienten como una recompensa increíble. Me encontré con Roland Emmerich, el director de Día de la Independencia, Godzilla, El Día Después de Mañana. No me copan tanto tanto sus películas, pero Ataque de Pánico de alguna forma roba mucho de Día de la Independencia. Y me lo encontré y me vino a decir “¡vi tu corto, es increíble!” Una cosa insólita, porque el loco inventó ese estilo y que lo haya visto y te venga a comentar positivamente, es increíble. Robert Rodríguez fue otro, un director que marcó mucho a los de mi generación en Uruguay. Uno escuchaba el cuento del mexicano que hizo un largometraje con US$5000, a todos nos animó mucho. Con él nos hicimos muy amigos, fuimos a comer varias veces y le dije que El Mariachi y todas esas películas que hizo con dos mangos, me habían dado ganas de hacer las mías. Me dijo que para el significaba mucho que yo, un director joven, le fuera a agradecer a él.

 

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Calculadora en mano
Dos días más tarde se arma una nueva reunión criolla en el jardín de la casa del matrimonio Luque, cuestas del empinado Barrio de Silve Lake, otro de atmósfera mex, contiguo a Los Feliz. Son las ocho de una noche agradable y a una jornada de playa sigue hamburguesada, a cargo de Sabah, en un mediotanque, con luz tenue y cigarrillos.

Están las parejas y Sayagués. Como para no sentir la lejanía, los hombres hablan de fútbol, las eliminatorias del mundial, y la posibilidad, hasta ahí latente de quedar afuera, los tienen alborotados. “Siempre con la calculadora”, se escucha, en tele transportación directa a Montevideo.

Álvarez no participa mucho de la conversación, ya que el fútbol no parece ser su tópic. El director todavía no baja del efecto provocado por un espectáculo al que asistió la noche anterior, Star Wars in Concert, una sinfónica interpretando, al aire libre, la música del clásico de George Lucas. Pone un video que capturó con su teléfono, del público, agitando las espadas láser, mientras la orquesta interpretaba la emblemática Marcha Imperial. “Épico, se me caían las lágrimas”, confiesa. Minutos después, ya adentro, en un último breve mano a mano le pregunté sobre sus raíces.

 

¿Cuál es tu visión de Uruguay a lo lejos?
Yo le debo mi carrera a Uruguay, fue allá donde hice la diferencia que me colocó acá. En Montevideo hay toda una generación con mucho entusiasmo por el arte en general, por filmar, por la música, y eso está buenísimo. La gente de nuestra generación, por ejemplo, toda sabe tocar un instrumento, y vas a otros países y no es así. Yo creo que Montevideo es una ciudad super artística o creativa, pero sin que nadie se la crea mucho. Con Rodo siempre jodemos  que acá en Los Angeles conocemos locos que te dicen “yo soy músico”, y agarran la guitarra y no tocan un carajo. Conozco 800 personas en Uruguay que tocan 10.000 veces más que él y nunca se considerarían músicos. El uruguayo es muy exigente, hay mucha auto-anulación. Uno para salir a decir que es músico tiene que realmente saber tocar, porque si no te van a arruinar. Y existe esa cuestión de pueblo chico que hace que la gente tienda a apocarse y tirarse para atrás y no animarse a hacer más. Yo he visto gente con mucho mucho talento en Uruguay que pasan los años y no hacen las cosas que pensé que iban a hacer porque el medio los intimida. Todo parece estar creado para decirte que lo que hiciste es una cagada. Esto surge de algo bueno, que es la exigencia, pero hay que tener cuidado con ella.

 

Influye eso de que sentimos que nos conocemos todos mucho…
Yo escuchaba a mi viejo, en los 80, ya hablar con sus amigos de estas mismas cosas. De cómo en Uruguay siempre estaba instalado eso de “éste que va a ser crack si es de acá del barrio”.

 

Mencionaste el fútbol… Ahí sí la gente pondera, sin pudor, las virtudes
Es que tiene sentido, porque el fútbol te representa a vos también. Si yo fuera un uruguayo que me quemo por todo, no me voy a quemar porque Suarez vuela, porque de última me representa a mí, juega para Uruguay, yo soy parte de eso. Ahora, cuando un artista está “volando”, lo está haciendo para él, y ahí rompe las pelotas, vos no te llevás nada de eso. La gloria del fútbol nos la llevamos todos, es algo naturalmente altruista, Suarez mete un gol, pero lo mete a tu nombre.

 

*Aviso: esta nota fue publicada originalmente en la revista BLA, edición enero de 2014.