TEXTO → FERMÍN SOLANA → @ferminsd
ILUSTRACIÓN → S. LAHERA → @sebastianlahera

La escena siempre es la misma a eso de las siete de la tarde cuando golpeo la puerta del 202 Solana-Dorner 2012. Espero 5 segundos. Abre la puerta mi viejo con una sonrisa y su remera de la marca del cocodrilo. ¡Oh que haces Fer! Como si pudiera ser alguien más que mi hermano o yo. Pero somos nosotros. En esta ocasión el que se dirige. Entro directo al living como en formula lenta y al girar a la izquierda tengo la primera impresión de mi señora madre, en el segundo compartimento, sobre la silla de ruedas, con el pelo levemente despeinado, el nuevo cuerpo flaco  y una mirada de soslayo para recibirme en una sonrisa de media boca. Por los impedimentos fisiológicos. No por qué esté contenta a medias. Hooola. Esos hola que son como una respuesta a un hola anterior de adentro de la cabeza, a una ola anterior, llegando cansada a la costa. Espuma. Tipo de cerveza tirada, arrastrando hasta la arena y replegándose un poco más rápido de cómo llegó.

El saludo a ella es afectuoso, lo más posible. Ya no estamos en temporada de escatimar cariño. En estos días se extrae todo el que tenemos al alcance. Aquella sequedad, de creer que el cariño interno era el mismo que se percibía desde el exterior, quedó atrás en diciembre. Tengo que darlo todo. No implica esfuerzo, pero si el reconocimiento de las auténticas corrientes internas, para emanarlas. Brindar afecto puede llegar a ser un ejercicio. Uno de los más puros que conocí. Beso en la mejilla, pero de boca contra piel. No de cachete con cachete. Un beso que traspase la piel. Perfore las glándulas salivales. Invada el cerebro dañado. Y accione dentro de éste una química de reconocimiento de amor. Que baje vertical a la entraña mayor. Accione el bombeo. Hinche la sangre. Propague el caudal arterial. Más que un beso. Un rezo. Una reverencia. Casi siempre lo vengo logrando –transmitir.

El beso de hijo como medicina.

Prozac orgánico.

Mis pensamientos siempre me parecen de segunda mano. Eso es porque los pienso tanto adentro  que a la hora de exponerlos ya me suenan marchitos. A veces creo que les estoy robando la plata. Con el amor me pasaba lo mismo. Hasta comprender que los actos solo se tornan oficiales cuando los enviamos al exterior. El resto, el rebote interior, es con lo que tengo que lidiar. O me enamoro de mis pensamientos o me convierto en un lastre. Para enamorarse de las ideas propias hay que subyugar el pánico a vivir. Es en lo que indago. Cada minuto de los 90.

Miran el noticiero del 10. Las novedades sobre el sismo de la aerolínea que a mi viejo lo tiene consustanciado y a mí madre parece resbalarle en modo-lodo. Me quedo con ella en la mesa de los almuerzos. La cuestión de la jornada pasa por el alimento. Somos una familia de comidas. Desde chicos nos criaron alrededor de una mesa. No siempre esta misma. En las primeras épocas hubo una redonda-de-roble-con-pata-central, refinada. Luego una alternativa a esa, rústica, de pino, con banquetas, ubicada contra la pared de la cocina en la calle Simón Bolívar.

Pero lo importante era lo que estaba encima de la mesa y no me refiero a manteles o individuales. Sino a los manjares. En mi familia se come bien y se le tiene un mínimo de desconfianza a las familias que no lo hacen. Si hay un rasgo despreciativo en los de mi sangre es hacia los que no saben condimentar, los que no complacen a su propio paladar. Si mi familia cuenta con una verdad propia es la de bienapreciar y ponderar el poder de los alimentos.  Un almuerzo en casa es un coro de suspiros. Que, probablemente, para alguien extranjero a este hábito pueda llegar a resultar empalagoso.         

El problema es que desde que mi madre sufrió su cataclismo cerebral no viene siendo la que era en estas lides. No disfruta de comer. Lo que para mi padre resulta trágico. Fue resucitada en forma de adepta a los gustos neutros (lease jamón y queso, cremitas de vainilla y otros vulgos); la irritación fue tomando lugar y de a poco un asunto menor dado la cualidad –grave- de los embates afrontados en un principio, empezó a transformarse en una preocupación. No poder caminar es dramático. Tanto como no conseguir leer. Pero si para colmo no se puede aprovechar de la instancia alimenticia, empezamos a creer que estamos condenados.

Así como puede recuperarse la motricidad, debería poder rescatarse el paladar…otrora negro. La conversación  no empezó derecho ahí. Primero le conté lo que había hecho. Días cruciales. De separación y movimiento. Donde cada jornada es una reformulación de todo lo anterior.

Nace un hombre nuevo.

Un hijo nuevo.

Hay que compartirlo y tomarse la calma para escuchar lo que ella tiene que aseverar al respecto. Sus opiniones siguen siendo lo determinantes que siempre fueron y su influencia repercute sobre mi persona con el mismo efecto  que lo hacía en 2005, 2006, 2007. Los años del futuro que nos devoramos. La vida que esperábamos en los 90 y superamos antes de siquiera alcanzar a tramitarlo.

Cuando mi Madre habla yo me callo. Aunque lo haga en un auto duelo consigo misma como ahora, para superar las trabas hemisféricas. O emita lento. Con faltas de ortografía. La esencia se preserva intacta. Hasta más aguda por la ausencia de un filtro rígido. Si tiene que decir “hijo de puta” a los enemigos, lo hace. Y esa creencia -la de enemigos-, es muy mía, pero cada vez descubro que es más de ella. Dentro de su pureza y una bondad-border-santa, no le huye a las distinciones. Nosotros contra ellos. Ella contra yo. El contra él. Nos defendemos como podemos.  Atacamos sin herir. Apenas ajustando los márgenes para conservar a los nuestros de nuestro lado.

De golpe un llanto. Un lamento por la comida que ya no come. Se me ocurre que así como ella en parte ya no es de la manera que solía ser, su gusto tiene que haber mutado también. Esas ensaladas que prepara mi padre adorado (y con todo respeto lo asevero) con mostaza francesa no están –es evidente- resultando. Ni la pimienta o las pascualinas que en un período anterior de su existencia la enviciaron a tal punto que derivaron en un apodo: en el almacén del barrio la llamaban justo, Pascualina. 

Tiene que haber vida para Laura más allá del jamón y queso.

En el otro extremo de los libros de su biblioteca gourmand. Así como ella ahora dice más lo que piensa que antes, el mismo fenómeno se debe poder aplicar para lo que mastica. Propongo hacer una lista de comidas. Un juego. Los niños siempre gozan con las listas y si hay algo que mi madre está, es más infantil. También con el mayor de los respetos. Lo primero que le pregunté si no quería comer era una hamburguesa de Burger King. Abrió los ojos ancho, extrañada. Evidentemente había eclipsado el género chatarra de su luna blanca.

-Si me gusta ría –afirmó

-una hamburguesa artificial con queso cheddar y salsa barbacoa –festejé y anoté en el número 1 del block que había tomado para las anotaciones

Enseguida fue ella la que tiró el segundo ítem: Nuggets. Puse. Empanadas congeladas marca La Sibarita, siguió. En menos de un minuto teníamos tres comidas. Dos de ellas de caja congelada, otra de thrash. Sonreía como nueva. Las ideas de lo que quería ingerir habían permanecido alojadas en un rincón remoto.

No era rúcula

Ni sushi

Ni ceviche

Ni mousakka

Vamos por los gustos básicos si vamos a empezar por la vida básica. Pero la vida al fin. Y que gigante que es eso. Si ya nos despedimos y no se fue. ¿Cuánto vale el criterio? Cero peso. Eso es lo que se aprende, creo, de las experiencias definitivas.

-Quiero la picsa Conaprole

-¿Pizza Conaprole, negra? –se cerciora mi viejo que pasa para el baño y no registraba la existencia de una pizza de la marca nacional del queso. La ANCAP de los lácteos.         

-Sí, vi el aviso en la tele

Era la cuarta en el listado y ahora mi viejo se sentó con nosotros porque cayó en la cuenta de que no estábamos hablando de un menú, sino de motivaciones. Impulsos. Fuente de entusiasmo para reincorporarse. Como el cigarro matutino del fumador. Y nos llevan.

Avanzamos.

Quebramos.

Aflojamos.

Nos subdividimos en partículas.

Volvemos.

Arrasamos.

Nos despertamos estropeados.

Contamos al respecto.

Hacemos una llamada de teléfono.

Un mensajito con un corazón.

Ponemos las medias que compramos más baratas que las otras.

Navegamos.

Y proseguimos como en Sail on la canción de Bad Brains que puse 35 veces seguidas en youtube hace dos años solo porque me hacía querer caminar. Que es para lo que tengo las piernas. El festejo que merece todo lo que nos des extravía.   

Marqué el quinto asterisco en la hoja y espere por la sugerencia. “Hay que comprar estas cosas viejito”. Casi un minuto de silencio, a la espera de una ilusión más. Cinco días es lunes a viernes.

-Lo primero que voy ha cer cuan do vuelva a co cinar son croquetasss de arozz

Volver a cocinar.

Lo festejamos suave. De pie. No por las pelotas de arroz crocante con queso derretido en el centro que patentó desde antes de mi memoria. Obvio que no (aunque también por ellas). 

Gritamos de alegría

Sencillamente

Porque

Pensamos que ya no iba a cocinar.